Ok, ya perdí la cuenta de los días, no recuerdo bien los nombres de los lugares  a los que fuimos ni qué día es hoy. Si, es lunes, y luego de una semana de vacaciones, la gente en Tokyo comenzó a trabajar nuevamente. No es un mito que los japoneses trabajan mucho. Doce horas por día, cinco o seis días a la semana. Si la vida de ciudad se rige por las horas laboradas, Tokyo es más ciudad que muchas otras ciudades.

Hoy, por ende, amanecimos en un metro lleno de ritmo laboral capitalino, algo que me deprimió un poco (si, tiendo a exagerar…se me pasó al instante, por supuesto).

Escribo sentada en la puerta del metro, con mi laptop sobre las piernas chinitas, algo impensado en muchos países de Latinoamérica, no quiero realizar un análisis social, pero…con qué tranquilidad se camina por aquí!! Nunca (salvo en Cuba, y ojo ahí, eh! Cuba compite con Japón en términos de seguridad…el país más capitalista y el más socialista de nuestro mundo estarían encabezando la lista -mi lista- de países más seguros, en los que la gente no toma lo que es suyo…da para pensar, no?) me había sentido tan segura y tranquila en ningún lugar del planeta. Es increíble, algo que flota en el aire, se respira.

Una parte de mí no quiere perderse los detalles que ahora conforman mi pasado reciente: lo más lindo que hicimos ayer fue caminar por una callecita a la que llegamos perdiéndonos adrede, luego de que Daniel aceptara caer en el objeto de mi insistencia: “dale, dale, perdámonos por ahí”.
Una callecita chiquita, con casitas chiquitas y  muchas plantitas chiquitas, un barrio hermoso, cuyo nombre no recuerdo, pero qué belleza…valió la pena no ir a otro lugar para estar allí.

Cuando uno tiene la certeza (jugando a adivinar el futuro) de que no volverá a pisar ese lugar, todo se mira de manera diferente.

El día anterior, sábado, habíamos llegado a la casa de Kamal. Originario de la India, vive hace unos meses en Tokyo, trabajando para una compañía de software. No habla japonés, sino un inglés muy perfecto, con un acento  muy cerrado que apenas entiendo, por lo cual en un primer momento mi mente se distiende y deja que Daniel mantenga un conversación; divago, pienso en cualquier cosa, sentada sobre ese sofá enano. Ya extraño a Junko y su manera de decir “poquito”, su amor por lo diminutivos en español, sus soya beans, su risa a carcajadas y sus consejos que muchas veces le pegaban en el palo a la realidad, pero que eran hechos con amor japonés, como el tema de Divididos.

Ahora son las seis de la tarde de un lunes y en la puerta del metro se ven muchos japoneses volviendo a casa. Hora pico de smoking y subway.

LOS DÍAS SE SUCEDEN. Y Tokyo nos resulta cada vez más familiar. Continuamos con nuestros trabajo fotográfico que implica perdernos por ahí, transitar pequeñas y grandes calles, encontrar nuevas ventanas, otras puertas que se abren ante diferentes realidades de minuciosidad japonesa: las plantas, las flores, los detalles y los mil templos de Nishi Nippori. La calle de los gatos que no tiene ningún gato, Yanaka. By the Way, los gatos japoneses son enormes y gordos, ya lo dije? Lo repito. El silencio espectral de la ciudad con sus fantasmas caminando detrás nuestro y los siglos de origami mental que compiten con Akihabara, la calle de la tecnología y los carteles luminosos. Tokyo ciudad de contrastes, Tokyo, ciudad elegante, elefante, gigante y amable.

Los últimos tres días nos recibe Jed en su casa, otra extranjera viviendo en el país del silencio, la sonrisa y la amabilidad. Una filipina que aún no se acostumbra al frío y con quien pegamos onda al instante, nos abre sus puertas y nos da una llave, regalándonos la libertad de decidir como transitar estos últimos tres días de despedida japonesa. Al parecer, una de nuestras misiones en este trayecto de vida es, además de fotografiar día y noche cositas que quizás nunca salgan a la luz, inspirar a nuestros anfitriones a viajar, a lanzarse a la vida, a volar. Es grande, pero no. Cuando te despertas con ese vacío existencial que nunca se va, ni siquiera en el país del sol naciente, darte cuenta de estas pequeñas cosas te alivia un poco el alma, y hace que sigas caminando, aunque al parecer no tenemos más rumbo fijo que volar a Malasia el jueves en la noche.

Gracias.

Gracias Vida por darme dedos para escribir, manos que, lapicera o teclado mediante, hacen que me sienta menos vacía en este camino hacia la muerte que es la Vida (hola, hoy soy el colmo del existencialismo, Sartre, un poroto. No me tomen en serio, repito: no me tomen en serio)