Malasia, por dónde comenzar. Comencemos por el comienzo, entonces. El comienzo es el final de Japón. Pasamos tres noches y cuatro días en la casa de Jed, la primera filipina que conocí en mi vida, una host increíble que nos abrió su casa y su corazón desde el primer momento. Genial total, Jed nos contó acerca de sus ganar de conocer Sudamérica y de viajar, y, como nos cuesta poco, la incentivamos un poquito. Vivía en un depto minúsculo que nos cobijó a los tres de manera equilibrada y armoniosa, gracias a su buena onda y su orden. Nos dio la llave de su casa, algo muy importante para la libertad viajera de quien se mueve en el mundo Couch Surfing. No sólo porque implica libertad absoluta de entradas y salidas, independientemente de los horarios del anfitrión, sino también porque significa que la persona que te aloja confía en vos de manera absoluta, y eso es impagable.

Agradecidos y felices, abandonábamos Japón.

Compramos la comida más cara de todo el viaje para cenar en el aeropuerto, y así lo hicimos, luego de un largo viaje en tren hacia Haneda, el aeropuerto más chico de Tokyo.

El escenario que se nos presentó apenas llegamos fue la diversidad humana en su máxima expresión: rostros de todos los tamaños, formas y colores convivían en total armonía pre viaje. Asia entera estaba en ese aeropuerto, y nosotros, junto con otros pocos de occidentales que andaban por ahí, éramos unos colados.

Luego de un vuelo algo turbulento, amanecimos en Malasia. Kuala Lumpur nos recibió con 26 grados a las 6 am y un cielo nublado. Mucha humedad y un oficial de migraciones que no nos preguntó absolutamente nada antes de llenar nuestros pasaportes con 90 días de permiso para recorrer el primer país del sudeste.

Gracias.

Estoy sentada en el piso de la terminal de autobuses de KL. Observo la sociedad que, apurada, va a trabajar o se prepara para viajar. Qué veo? Mucha gente de la India, mucha mujer con sus cabellos cubiertos (Malasia es un país musulmán, ya hablaré de eso con más detenimiento), sólo dos o tres mujeres occidentales con short. Los hombres, pueden hacer lo que quieran. Me sorprendo, me pregunto cosas, no entiendo, luego iré entendiendo.

Qué hacer en este largo día que nos espera hasta encontrarnos con nuestro host de Couchsurfing, a las seis pm? Decidimos meter a presión nuestras dos mochilas en un locker, y salir a pasear. Lo primero que hacemos es corroborar la temperatura: 500 grados a la sombra y un par más al sol. Me había desacostumbrado a este calor caribeño-tropical-pegajoso. Por suerte los micros gratuitos que recorren la ciudad tiene aire acondicionado, y para continuar con la lógica incoherente de este mundo, dentro de ellos, hace frío.

Kuala Lumpur es una metrópoli con todas las letras, rascacielos gigantes hacen que su población se sienta diminuta, mucho transito en sus calles y avenidas, y el ruido tumultuoso de cualquier ciudad abrupta. Siento que no me gusta, que extraño Tokyo y su minuciosidad elegante, sus calles impecables y su silencio ensordecedor. Pero estamos acá y estoy cumpliendo uno de mis sueños, lo cual hace que todo lo que me sacude de la ciudad, se atenúe.

El primer día es un largo trajín de caminata al sol, siesta corta y profunda  en un parque gigante, en el que está el jardín botánico, la mesquita nacional y el museo de la cultura musulmana, al cual decidimos entrar el jueves porque es día gratuito. Hoy nos dedicamos simplemente a transitar las calles, despertando un poco nuestro cansancio post viaje.

Acotación al margen: cuando voy al baño en el Museo, unas chicas musulmanas aprovechan para pedirle a Dani si pueden sacarse una foto con él. Saquen sus propias conclusiones. 

El primer almuerzo nos da la pauta de que acá tampoco sabemos que pedir. Sobretodo yo, a quien el vegetarianismo acota opciones. Termino eligiendo un arroz blanco insulto y una ensalada de col blanca bastante picante. Curry. A partir de ahora, todo sabrá a curry.

Horas después, nos enteraríamos de que la comida en este país se divide mayormente entre china, india y malaya. Y sospecho levemente que me inclinare por la india.

Debíamos encontrarnos con nuestros couch a las 6 pm en el KLCC (Kuala Lumpur Convention Centre) y hacia allí fuimos, experimentando el metro  malayo por primera vez, y luego, teniendo la primera (y quizás única) vision cercana de las torres patronas, esos gigantes que al lado de la KL Tower parecen pequeñas. Qué locura esta ciudad, hecha toda para arriba.

Qué locura los contrastes entre lo viejo y derruido, con lo ultramoderno y rascacieloso. Que locura.

Jr, nuestro anfitrión, nos recibe con una sonrisa y sin bigote, a la inversa de lo que yo me esperaba gracias a su foto de perfil en WhatsApp. Nos cuenta que trabaja en un hotel como diez horas por día, pero que es músico y toca varios instrumentos. En su casa tiene algunas guitarras y un bajo, todos ordenados en un cuarto especial. Se le dificultó dedicarse a la música, entonces se decidió por este trabajo, que no le gusta, pero gracias al pudo comprarse su casa, que aun está pagando y en la cual nos quedaríamos por cuatro noches. Días después sabríamos más de su vida: cómo sus padres le prohibieron ir a la escuela de arte, diciéndole que dibujar era una pérdida de tiempo, cómo su padre le dijo que se corte el pelo y busque un trabajo real cuando el intentaba dedicarse a la música y cómo en este presente, una vez por mes acude al hospital para medicarse porque no quiere quimioterapia. Un ser hermoso, cuyo hogar acabamos de dejar, y que extrañaremos, como a todos nuestros “family-host”.

Al llegar a su casa, nos encanta. Tiene una pequeña jungla en su balcón y en cada espacio posible, las paredes de cada cuarto están pintadas de diferentes colores y un cuadro de Marilyn adorna el living. Nos da el cuarto más cercano a la puerta de entrada, excusándose por el tamaño, y luego de bañarnos, salimos a cenar.

Salvo Jed, hasta ahora ninguno de nuestros anfitriones solía cocinar en su casa. Cuando preguntamos por qué, nos dicen que uno pierde mucho tiempo cocinando (pero no trabajando en algo que no les llena el alma)

La primera cena en Malasia es una cena india. Jr nos lleva cerca de su casa y nos sorprende con un cheese naan delicioso, un pancito indio relleno de queso, algo muy simple pero cuya combinación de carbohidratos y lácteos hace que se convierta en mi favorito al instante. A pesar de lo rico,   nos deja con un poco de hambre, acostumbrados como estamos a los genes tanos, por lo cual, nos vuelve a sorprender con una especie de tortilla gigante hecha de arroz, no recuerdo su nombre, pero la acompañaba una salsa de coco que me trae hasta donde quiero estar: en la sociedad de la comida exotica y los sabores mixturados e increíbles.

Sé con certeza, aunque haga capricho antes de dormir porque nuestra habitación no tiene ventilador e imagine una muerte por sudor, que me desmayaré apenas apoye la cabeza en la almohada, y así sucede.

Tenemos que prepararnos mentalmente para un sábado con ritmo malayo. Pero esa es otra historia.

(Aún nos sabemos las palabras más importantes del idioma local).

Próxima entrega: baños malayos e islamismo.

Batu Caves