Creí que para entrar a la mezquita de Putrajaya, en Kuala Lumpur, bastaría con mis pantalones largos, mi remera de hombros cubiertos y algo que me dieran para cubrir mi cabeza. Pero cuando me acerqué al señor que me proveería el atuendo, este me dio una capa gruesa, pesada, gigante y con capucha, que me cubría toda, de pies a cabeza. Comencé a ponérmela, bajo la mirada atenta y un dulcemente socarrona de mi compañero (que vestía los pantalones largos de siempre y una remerita normal), y sentí, en el rozar de esa tela con mi piel, toda la opresión cultural en mí. No quise, y con los ojos un poco empañados de lágrimas feministas, dije: no puedo. Se lo dije a mi compañero en español: no puedo. El, sabiéndome combativa y bastante brava frente a estas cosas, me dijo, con toda esa dulzura transformada en amor: no lo hagas, bonita, si no lo sentís. Y no lo hice. Le dije a nuestro anfitrión, malayo, varón y musulmán: I´m sorry, I don´t think i must cover my body. Y me fui a esperarlos afuera, sentada en la puerta de la mezquita, viendo la vida islámica pasar, viendo las diferencias, las elecciones, pateándome el cerebro y llorando un poco.

No pude.
Y me fui.

Seguramente, luego de haber transitado un par de días en este país de cultura tan ajena, habiendo vivido toda la generosidad de su gente, como la estamos viviendo, la próxima vez que tenga la oportunidad de entrar en un templo así, me lo tome con más gracia, agradezca todo lo libre que soy en mi vida diaria y entre, cual sketch de Capussotto, cubierta y tapadita, a la mezquita.

Gracias Malasia por sacudirme las nociones.

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