[Disclaimer: el siguiente artículo es una crónica feminista acerca de una fiesta tradicional india. Las cosas que se dicen acá son estrictamente mi punto de vista como mujer y no implican agresión hacia la cultura de este país, bajo ningún aspecto. Amo India y el Holi me parece una hermosa festividad, pero repudio con todo mi ser al sistema patriarcal y machista en el que vivimos (en todo el mundo) y a los machirulos (léase macho como concepto) que lo sostienen.]

Ayer fue Holi, la fiesta tradicional india que se ha expandido hacia casi todos los confines del mundo, de manera más occidentalizada (léase, pibes de clase media bailando House en un predio cerrado, entachados y con sunglasses). El Holi, la fiesta de los colores que celebra a la diosa del mismo nombre y la llegada de la primavera. Todos hemos visto alguna que otra fotografía del Holi, quizás antes de conocer la existencia de la festividad: señores y niños con sus caras pintadas de colores, y enormes sonrisas extasiadas (si no, googlead Steve Mc Curry y gozad).

Desde que me enteré que vendría a India, hace poco más de un mes, dije: ojalá pueda vivir el Holi, y así fue, este deseo repentino se convirtió muy pronto en realidad; me puse muy contenta cuando decidimos venir diez días antes de la luna llena de marzo, fecha de la celebración.

La ciudad elegida fue Udaipur, por cuestiones de itinerario y porque leímos que aquí se celebra lindo, de manera más tradicional que, por ejemplo, en Pushkar, en donde el pueblo se sobrecarga de turistas, sobretodo tardíos adolescentes israelíes que terminan el servicio militar y salen a viajar por el mundo, desesperados en busca de la fiesta que no tuvieron durante dos o tres años de encierro milico.

La noche anterior a la celebración de los colores, propiamente dicha, es usual hacer fogatas, en casi cada esquina de la ciudad se enciende un fuego enorme, previo a lo cual se arma algún festejo. La fogata que vimos nosotros fue precedida de gente bailando en un escenario, mujeres del público (todas extranjeras, por supuesto) y dos bailarinas locales que movían las caderas y las cabezas al ritmo de canciones que todos los indios tarareaban. También bailaron señores del público y otros disfrazados, al estilo Bollywod. A medida que pasaban los minutos el público se iba poniendo más fervoroso, y fue entonces cuando me di cuenta: la celebración del Holi es una fiesta de machirulos. Como en la cotidianeidad india, esa esquina estaba habitada por una amplia mayoría de varones fervorosos ante cada cosa que pasaba. India es un país hermoso, mas también intenso, la gente es intensa aun en la vida diaria, imagínense como crece esa intensidad en momentos de éxtasis en masa. Dos horas más tarde, por fin se decidieron a prender el fuego, para lo cual abrieron un surco entre la gente y pusieron una fila de petardos que llegaban hasta la hoguerita aún sin estrenar. Un grupo de jóvenes exaltados prendió los petardos y acompañó su camino ruidoso y brillante hasta las maderas cantando y saltando mientras agitaban palos y la gente que estaba formando ese surco alrededor de los cohetes, se cubría los ojos y las orejas cuando el estruendo pasaba a su lado. Los indios están locos, pensé, esto que están haciendo es muy peligroso (me salió la abuela de adentro, pero vamos, que ya tengo 36 y carezco de disimulo). Cuando el estallido alcanzó la madera y las pajas, se encendió la hoguera, festejos, gritos, alabanzas y el final. La multitud se dispersó y nos fuimos a dormir con asombro, dispuestos a descansar bien y prepararnos para el día siguiente: la intensidad seguiría con el ritual de los polvos de colores.

Había leído varios post acerca del Holi, mis búsquedas en google habían sido más o menos así: “Cómo sacar los colores del Holi de la ropa y la piel”, “Dónde festejar Holi en Rajastan”, “Holi 2018”, “Historia del Holi”, “Qué es el Holi”, etc. Esa mañana del 2 de marzo de 2018, me desperté a las 6am, como todos los días desde hace mas de un mes, me senté a meditar y al finalizar, me hice mate. Prendí mi compu y busqué: Holi rape. Desafortunadamente, el buscador me devolvió páginas y páginas de testimonios y notas sobre mujeres (y algún que otro varón) violadas durante y después del Holi. También llegué a una página en la que nos aconsejaban a las mujeres cómo protegernos en el Holi, cómo estar más seguras, cómo evitar el acoso y el abuso (los ya clásicos: no vestir provocativamente, llevar gas pimienta; incluso una página aconsejaba usar aretes que también nos sirvieran como armas de defensa!). Siempre el mismo camino: adoctrinar a las mujeres para defenderse de unos varones enfermos y desacatados, pero jamás enseñar a los varones a no acosar, a comportarse, vamos!: a respetarnos.

Con una mezcla de ansias, ganas y nervios, más un poco de ese miedito que aparece ante lo nuevo, mi compañero y yo salimos a la calle para estrenarnos en la fiesta india: nos pusimos lo más viejo de nuestra ropa y afuera! En la misma esquina de la fogata se había reunido mucha gente y ya se podían ver miles de colores bailando y saltando, había música y una batucada de algunos chicos tocando fuerte. También había cuatro o cinco policías sin pintar. Nos quedamos ahí, dejando que la gente se acerque y nos pinte, al saludito de Happy Holi!, había niños (pocos, pero había), mujeres (pocas, pero había) y muchos varones en grupo. Se respiraba un clima de fiesta y diversión, sano, colorido (obviamente! que escritora redundante…) y hasta era algo inocente que cientos de adultos estuvieran bailando y divirtiéndose con las caras manchadas por polvitos.

En un momento, no sabemos por que, la policía comenzó a dispersar a la gente y el clima de fiesta se aguó bastante, así que, ya todos coloridos, decidimos irnos al lago, de donde venía música y hacia donde iban muchas personas caminando y en moto. Había pasado una hora y solamente había presenciado dos situaciones de acoso: un viejo que al pasar y haciéndose el boludo el tocó el culo a una turista, quien se dio vuelta y le devolvió un golpecito (que más bien fue como una caricia) en el hombro, y una chica que se sacaba a un pibe de encima, con más fuerza y cara de fastidio. Pero algo indicaba que el clima se iba poniendo más denso, el alcohol no se veía pero circulaba por la sangre y hacía efecto, al igual que el bhang lassi, la música (una alternancia estrafalaria entre india, electrónica -pero de la fea y que asusta- y latina) se cortaba cada un par de minutos, no entendíamos por qué. Cuando preguntamos la causa, un señor nos dijo que la cortaban a propósito cuando la masa se exaltaba demasiado, para que bajaran un poco. Buena técnica corta mambo, si haces eso en Argentina, la masa se exalta más y exige su derecho al desenfreno, desenfrenadamente.

El Holi habilita el contacto, porque la gente se pone polvo de colores en el cuerpo, más que nada en la cara y la cabeza, pero hay algunos que al depositarte el polvito en los cachetes, dejan que sus manos bajen un poquito más, por el cuello hacia el pecho, y ahí es cuando tenés que actuar, con maniobra ninja, sacándole la manito al son de “Happy Holi, sisi, no touching! JAPI Holi!”. O cuando luego de empolvarte, te abrazan y te apoyan (uno de los primeros consejos que me dieron, por ser mujer, al llegar a India, fue: no abrazar a los hombres porque es sinónimo de que querés cojer con ellos…UNA LOCURA) o cuando, al terminar el abrazo, los brazos tardan en despegarse y de paso y casi sin querer, te rozan una teta. Miles de estrategias llevadas a cabo por jóvenes, pibitos y no tanto, que aprovechan la masa, la presencia de mujeres en la calle, como nunca se ve, como no se acostumbra: este es un país en donde las mujeres están en la casa, están con mujeres, no circulan o circulan entre ellas,  muy poco, no trabajan afuera, o muy poco. Cuestión de castas, cuestión de religión o de cultura, en fin: cuestión de patriarcado e injusticias.

A las dos horas de haber salido a la calle el clima ya se había enrarecido del todo, y luego de atravesar un par de situaciones tensas con unos pibitos (uno de los cuales debería tener 13 años, pero ya estaba adoctrinadito acerca de como tocar tetas al abrazar) decidí que ya era suficiente para mí y me retiré a mis aposentos: en la calle sólo quedaban los más sacados, y del clima de fiesta del principio solo quedaban los colores: si le sacabas eso, podía ser la salida de cualquier Boca-River un domingo en Nuñez: los resabios después de la fiesta,  la resaca, las ganas de seguirla: la manija, como decimos en el sur.

Decidimos ir a comer con unas chicos que habíamos conocido y entonces me di cuenta de que mi experiencia en el Holi había sido bastante leve si bien no por eso, menos tensa. Las mujeres presentes en la mesa lo habían pasado peor, habían sido más manoseadas y más apretadas. Al hablar con señores indios acerca de esta situación, contándoles que para las mujeres su hermosa y tradicional fiesta es menos linda que para ellos, sus comentarios  fueron coincidentes: “si, los chicos se desacatan, lo sabemos, las mujeres tienen que cuidarse”. 

W H A T ? !


Siempre igual,

el acoso

se sabe, y se acepta,

se sabe y se normaliza,

  se sabe y se nos pide que nos cuidemos,

en definitiva: se sabe y se deslinda la responsabilidad de los acosadores, pidiéndole a la víctima que se cuide y haciéndola responsable de su defensa.

Hartas.

Podrida y sin ganas de aceptar esta realidad.

Un que otro varón me pidió perdón en nombre de su género. Gracias, pero no es suficiente. Cambien, respeten, dejen de joder. Punto.

Hartas.

El Holi, es en realidad el Japi Holi, la fiesta de las pijas, de las vergas, de los falos alzados a los que no les importa nada más que aprovecharse un ratito de cuanta mina vean para saciar sus ansias…de qué? Para saciar su irracionalidad asquerosa que es avalada por un mundo machista y por todooooodo un enorme inconsciente colectivo, que es enteramente patriarcal. Pero no es la única fiesta así, no tengo en mi haber mucha fiesta popular, pero si entre todas (todos, todes) nos ponemos a hacer una listita, seguramente encontremos cientos de fiestas que supuestamente son para humanos, pero en realidad son para varones, fiestas en las que las mujeres no tenemos cabida, porque si entramos, nos pasa esto que nos pasó.  Comencemos por la fiesta de la espuma, si, esa que se hacía en los boliches en los ’90, y en donde a mis 14 me tocaron tanto que volví a casa traumada y llorando sin aire, como un bebé. Fiestas de varones, fiestas populares: algo más para cambiar, algo más por lo que luchar, algo más, de tanto.

Aquella noche, mientras cenábamos, le comenté a mi compañero: en este momento, al menos una mujer, en este país, esta siendo violada por un macho que se escuda detrás de los colores. En este momento, en alguna parte del mundo, una mujer está siendo violada., acosada, abusada. Luchemos para que en algún momento de la historia de la humanidad, decir esa frase sea una realidad absurda, inexistente y perteneciente a un pasado atroz y lejano.